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lunes, 28 de abril de 2014

Isla Margarita, viviendo del mar - Venezuela: cuarta parte.

Los horarios del ferry son inciertos y no nos queda otra que esperar en el puerto hasta casi entrada la noche para poder zarpar. Puerto La Cruz no hizo ningún esfuerzo por invitarnos a conocerla mientras transcurría el tiempo muerto entre estar ahí y no estar más ahí. El viaje será en la oscuridad así que veo caer por la borda mi esperanza de avistar delfines o algún tiburón ballena (nunca supe si era verdad o un alarde de ficción).
El barco no es nada del otro mundo. Carga muchos autos, camiones y pocas comodidades. Parece que el quehacer más popular es tirarse en cualquier rincón a dormir, o colgar la hamaca de algunos tirantes, también para dormir. Intento la segunda opción, pero no. No me mareo en los barcos, no me pasa nada, pero lo de la hamaca no va. Así que deambulo, miro la noche y busco con quién conversar.
Hay un muchacho, chofer de un camión, que nos dio charla desde que nos vio subir. Trabaja en la compañía de transporte de su suegro y se dispone a ayudarnos en todo lo que pueda una vez que lleguemos a destino.
Es el mismo que me dijo lo del tiburón-ballena. Yo no se si, realmente, su imagen mental del animal que mencionaba, coincidía con la misma que yo tenía del mamífero en cuestión.
El barco atraca en Margarita a eso de las 01:30 am. No hay nada. Todo cerrado. El pueblo al que queremos ir está del otro lado de la isla y a esta hora no hay transporte público ni taxis suficientes para toda la demanda. Éste camionero, del cual no recuerdo el nombre, nos dice que lo mejor es encontrar un lugar para dormir hasta que amanezca y podamos tomar un bus. Claro está que no vamos a pagar 600 bolos en un hotel por un par de horas.
Nos sugiere que acampemos junto a su camión en un estacionamiento dónde él también va a dormir hasta el alba. Estaciona el mionca cerquita de un poste de luz. Sole duerme en la hamaca atada al poste y al camión. Diego y yo tiramos los aislantes bajo el acoplado y, como hay vientito, usamos las bolsas de dormir.

La luz del sol le cambia la cara a la escena que vimos al llegar. Entrar de madrugada a cualquier lugar te puede espantar. Nunca faltan los borrachitos, los indigentes y los que te miran con curiosidad y hacen que te persigas. Ahora hay vida, hay movimiento, hay cafecito y un bus que nos lleva hasta Playa Parguito.





















martes, 22 de abril de 2014

Choroní candombero. Chuao chocolatón. Mochima para el olvido. Venezuela: tercera parte.

Dejar Cayo Sombrero no fue tarea fácil. El solo hecho de pensar en volver a pisar una ciudad y lidiar con los buses, el tránsito y la gente apurada me ponía de los pelos. Salir de esta isla significaba volver a ponerme zapatillas y eso no me simpatizaba en absoluto, pero había que seguir.
Entonces miramos el mapa, escuchamos recomendaciones y pusimos rumbo hacia Choroní, muy cerca del corazón de cacao de Venezuela.
Viajar en buses de corta distancia en la República Bolivariana es todo un tema. Hay que respirar profundo, tranquilizarse mucho (o hacer una meditación budista) y hacer todo lo posible por que nada afecte tu estado de ánimo y tener siempre una sonrisa, aunque tengas que sobrellevar situaciones de lo más absurdas e incoherentes. Los únicos buses que recorren el tramo de dos horas desde Maracay a Choroní, son esos autobuses escolares estadounidenses de los años 80 convertidos en discos de reguetón rodante que deben contorsionarse en cada curva del camino para poder transitar por la ruta de montaña, absolutamente inapropiada para éste tipo de vehículo.
Choroní, en realidad, es una consecución de quintas y casas al costado de la ruta con una pequeña aglomeración cerca de la costa, pero cuando se llega a la población principal, que es cuando uno cree que llegó a Choroní, ciertamente se llega a Puerto Colombia. Solo los separa un cartel elevado sobre la calle principal que da la bienvenida al pueblo desconocido, absorbido por la generalización de la zona bajo el nombre de Choroní. Así que cuando escuchen que alguien estuvo por el malecón de Choroní, a decir verdad, estuvo en el Malecón de Puerto Colombia.