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jueves, 13 de marzo de 2014

Veo-Veo; Algo pequeño... Noctilucas

Recuerdo ese día como si hubiese caído un avión en el patio de casa. Algo fuera de lo común, convertido para siempre en un recuerdo imborrable.
Me despertó el calor. No puedo acostumbrarme a dormir con calor, no es lo mío, no lo consigo. Apenas abrí los ojos vi una salamandra escabullirse por las rendijas de las maderas del techo y distinguí los perfiles de los mosquitos pegados al mosquitero. Me pregunté si habían estado toda la noche ahí, agazapados, esperando que saliera de mi escondite para arrebatarme la sangre. No dí muchas vueltas. Me lavé los dientes, me di una ducha, cargué agua y me fui a la playa. Compré unas frutas y me senté en la arena a desayunar. Bernhard, Carlos, Elva, Pato, Anna, Ernes, Diego, Mariana y Natalia mas tarde o mas temprano, ese día, irían apareciendo. Ya hemos compartido casi una semana en Máncora, pero hoy habrá un quiebre en nuestros días de playa.
Esa noche hubo otros lujos. Algunos fuimos a un restaurante y pedimos varios platos para compartir y poder probar un poquito de cada cosa. Hubo un plato que costaba 15 soles. No volvería a darme ese lujo por mucho tiempo.
Después de comer, de a poco nos fuimos encontrando entre la muchedumbre de los bares al compás del reguetón. Pero ya estamos aburridos de este lugar. Se rumorea que hay una fiesta a unos dos kilómetros por la playa. Unos dicen que sí, otros dicen que no. Yo digo que si, más que por la fiesta, quiero caminar por la playa ésta noche cálida sin luna. Hay consenso y tengo cómplices. Empezamos a caminar.


jueves, 6 de marzo de 2014

Un cayo. Un sombrero. Cayo Sombrero. Venezuela: segunda parte.

Llegar a  Cayo Sombrero  fue la revelación de que esas postales que, hasta el momento, solo había visto en revistas o televisión existían y también eran posibles de encontrar  sin la necesidad de pagar el all inclusive en Punta Cana. El paraíso existía y admitía mochileros.
La costa de Chichiriviche, en el Parque Nacional Morrocoy, fue la primera cachetada que me dieron esas aguas inimaginables y el viaje en lancha hasta la isla fue la trompada que me haría ver la recompensa de todas esas horas bajo el sol al costado de la ruta, de esos años trabajando, de los sacrificios realizados antes de llegar hasta acá. Venezuela sería para mí el país del relajo. No trabajaría, ni vendería postales, ni tendría que rebuscármelas, pues me quedaban dos meses para volver a Argentina y la última reserva de ahorros que habían sobrevivido dos largos y akilometrados años dándole vueltas al continente.

La idea de quedarnos solo 3 días en la isla se desvaneció la primera noche y al día siguiente nuestras provisiones habían sido víctimas del espíritu comunitario. Cayo sombrero es un pedacito de arena elevado sobre el mar que tiene 200 metros de ancho por 400 de largo aproximadamente. Todavía se corroen bajo el agua unos pocos pilotes que alguna vez sostuvieron las casas de fin de semana de los dueños de los ingenios bananeros y los latifundios azucareros, hasta que en 1974 el gobierno fundó el parque nacional, les dio salida a los ocupantes y convirtió la isla en un campo de palmeras sin construcciones y apto para todo público que hoy los venezolanos pueden disfrutar cada fin de semana o rato libre que tengan. Solo hay dos pequeñas cocinas que ofrecen almuerzos y tentempiés (y un poquito de reparo cuando el cielo caribeño desata un diluvio) y un par de baños públicos.