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viernes, 9 de agosto de 2013

Veo Veo: Callecitas

Veo Veo: Calles

Amo las calles. Me encantan, me gusta llegar a nuevos lugares y salir a caminar para perderme por las calles y andar por dónde no se dónde ando, escrutando cada esquina, cada puerta y cada ventana.
Las calles pueden parecer todas iguales, partiendo de la concepción de que están en todo el mundo. A dónde sea que vayamos encontramos calles o rutas o caminos, que al fin y al cabo cumplen la misma función, están para ser transitados.
Existe una gran similitud y una fuerte conexión entre las calles y los humanos: estamos en cualquier lugar del planeta. Dudo que exista una calle en el mundo que no sea caminada. Lo mismo que un humano que no tiene calle, camino o ruta que pisar, debería preguntarse si realmente es un ser humano.

Todas son tan iguales y tan distintas a la vez. Hay calles de conducta intachable, perfectamente rectas, derechas desde su nacimiento hasta la eternidad. Y las hay rebeldes, quebradizas, zigzagueantes, ondulantes, serpenteantes, esquizofrénicas  y de esas que parece que vienen de la guerra, llenas de trincheras. O de esas perfectas que parecen traídas del cielo. Y las que suben, como cuestan, y las que bajan, como alivian.

Hay calles que están tan lejos, pero tan intrínsecamente conectadas con sus primas lejanas. Estoy en Mérida, Venezuela y encontré una calle gemela de otra que conocí en Cuenca, Ecuador.
La mayoría de las pobres calles viven una eternidad desapercibida, mientras que unas pocas (en comparación) gozan de moderada o grandísima celebridad. La calle del mercado, la calle de los desarmaderos, la de las tiendas de ropa, la de las panaderías, la de los bares, la de los artesanos, la de los hoteles, la más larga, la más ancha y la más angosta.  Y por supuesto las principales. Las reinas de las calles, las que todos andan y todos quieren andar, los locales y los visitantes, los forasteros. Estas calles son las más aclamadas. En ellas todo se encuentra y todo lo está y todo lo tienen y todo lo dan  por que todo lo son.


Mi amor por las calles y algunas, solo unas pocas, de las tantas que anduve en éstas fotos.

Taganga - Mi cumpleaños - Palomino

Taganga está situada en una bahía de cara al oeste, por lo que el océano, en este recoveco, carece de oleaje, lo que lo convierte en una piscina de aguas cálidas y transparentes dónde nadar es un verdadero placer. 
Por ser mi cumpleaños me di el exuberante lujo de auto-regalarme un snorkel, que terminó por ser el único motivo que justificó la prolongación de mi estadía en éste lugar. Nunca había hecho snorkel.  Fue mi primera vez y una revelación. Desde ese momento no pude parar, se me hizo una adicción. Y es que de repente tenía al alcance de la mano todo lo que solo había visto por televisión en los últimos 20 años. Peces, muchos, de todos los tamaños, de todos los colores, con alas, fluorescentes, unos que cambian de colores, pulpos (que también cambia de colores), morenas, erizos (madre mía!!! Esos erizos!!), pez globo (inflado también), cardúmenes enormes de peces de todos los colores. Para poner todo en una palabra: Maravilloso!!! (y me quedo corto).