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viernes, 31 de mayo de 2013

Brasil (la verdad de la milanesa)

Volvía. Lo sentía, lo anhelaba, lo soñaba. Volvía a Colombia desde Brasil. Cumplía otro objetivo inmenso que me había propuesto unos meses atrás. Volvía al país de dónde no debí haberme ido, o al menos no debería haber entrado al aeropuerto para terminar en Buenos Aires después del frustrado viaje a Austria por culpa del fatídico paso por Panamá.

Pero antes de entrar en Colombia no puedo pasar por alto las sensaciones que me dejó Brasil, o más que sensaciones, mejor dicho, la verdad del backstage.
Brasil anda por la vida y por el mundo disfrazado de carnaval. En cualquier sillón, de cualquier casa, de cualquier ciudad, de cualquier país del mundo al que llegué una imagen de tv, noticia en la radio, columna de un diario, o la clase de noticia que fuere, Brasil siempre vende carnaval, sonrisas, fútbol, alegría y pasión. El conocimiento general y colectivo afirma que Brasil es un país alegre que vive de fiesta entre concheros, caipirinha y balonpié. Que los hay, los hay! Pero yo le esquivé a eso y me fui en busca del Brasil profundo, ese que no sale en Lonely Planet (eso sí, primero me dí el gusto y me fui de parranda por Curitiba, Río de Janeiro y Sao Paulo).


Novo Progresso reúne y resume todo lo que encontré en el Brasil sin playas, el de adentro.

Varias veces había mirado en el mapa éste pueblo situado en el medio del país carioca. Había investigado cuántos habitantes, de qué vivían, que había, etc. Todo por curiosidad, por que sabía que si conseguía llegar a dedo hasta allí, el resto del camino a Santarém no iba a ser una dificultad.
Tuve la suerte de conocer a Ramón, conserje de una iglesia evangélica, que bien sabía que Deus está en deuda con estos lugares, y que Novo Progresso es el nombre irónico, muy irónico, con el que se puede denominar a todo lo poblado en estos estados del interior, lejos de las costas, el sur y las grandes urbes.

Lejos de existir el progreso, desde Mato Grosso do Sul hasta la Amazonía, lo que predomina es la tiranía civilizadora que rige en estos páramos desde 1492, en la que los ricos son muy pocos y muy ricos y los pobres son esclavos, aunque ese término haya sido abolido.
Novo Progresso es el reflejo accesible de todo lo que existe en los estados brasileros del interior. Fundado en el Siglo XVII, cuando los europeos descubrieron el caucho y sus mil usos. En éste pueblo, como en el estado de Mato Grosso y todo el sur de Pará, si hay algo que falta son árboles. Se lo comieron todo. Devoraron y desforestaron todo el mato por el hambre de caucho, de oro y de petróleo, y lejos de reforestar apostando o apuntando al progreso, ahora reinan los campos de siembra de soja, milo y caña, que todo se llevan y nada dejan. Nada más que los siclos de lluvia enloquecidos, los ríos desviados reducidos a una octava parte de lo que fueron, contaminados, especies extintas o al borde.
Novo Progresso está atacado por la malaria, el dengue y el progreso. La necesidad de expansión de los campos de siembra, hoy en el 2013, sigue comiéndose los bosques y las tierras de los indios, que van presos por ejercer la legítima defensa, por que al estado, y al progreso, no le interesan esas cosas de conservar la cultura si no es en un lugar apestado de turistas que creen que conocen las raíces de estas tierras en un carnaval de cotillón y chuchería millonaria.
Los estados ricos del sur no comparten su super hábit con sus propios pobres, entonces menos que menos con los pobres de otros estados. Mejor remodelar estadios y comprar fachada para el mundial de fútbol y los juegos olímpicos.

Europa puso a Prometeo y Epimeteo en éste continente y así exportó sus malarias. América sufrió, durante trescientos años, la maldición de haber sido "descubierta", y durante los últimos doscientos se desangra por un sistema que no le conviene, pero que el Novo Progresso impone.

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